Hoy me ha vuelto a pasar. Otra vez me he cabreado. Una vez más los acontecimientos me han sobrepasado y de buenas a primeras me he visto despotricando de este, de ese y, sí, sí, de aquel también. No se ha librado ni el tato. Y es que cuando me enciendo soy como un obús, como una granada, aunque al poco me deshincho y tal bomba se convierte en un simple globo. Aunque un globo turgente, muy turgente, a punto de estallar. Afortunadamente para todos nunca llega a reventar y al poco rato, una vez desinflado, uno se cuestiona: ¿y a cuento de qué cojo yo estos sofocones?
Se preguntarán ustedes qué es eso que consigue sacar de sus casillas a alguien tan sereno y pausado. Pues bien, no son peleas de enamorados, ni disgustos académicos, ni discusiones de tráfico, ni tan siquiera una buena reunión de comunidad vecinal. Lo que me irrita poco a poco hasta, en ciertas ocasiones como la de hoy, desparramar demonios desde mi boca no es otra cosa que la hipocresía humana llevada al límite. Sí, así es. Evidentemente no de forma genérica sino concreta. Por eso me afecta de tal manera.
¿Se pueden creer que existe gente que, cuando les es conveniente actúan de una manera (con la legalidad por delante) y cuando les interesa cambian radicalmente de actitud (dando la espalda a esa legalidad que defendían pero silbando disimuladamente)? Ojalá no fuera una pregunta retórica e irónica a la que además acompaña una respuesta que pido prestada al extremoduro Robe Iniesta: “Pues créetelo, chaval”.
Sí, esta mañana he sido testigo, una vez más, de que hay gente, más de la que nos gustaría que hubiese, que son como el perro del hortelano: que ni come ni deja al amo. Gente que no se atreve a venir a decirte ciertas cosas supongo que por miedo a que la palabra les convenza de que están en un error. Gente que te dice las cosas a medias supongo que por miedo a que la palabra les contradiga en la otra mitad. Gente que deja de pagar el alquiler de su vivienda sin dar ninguna explicación, la misma gente que antes te exigía que todo estuviera más que perfecto, supongo que por miedo a que la palabra les quite la razón que obtuvieron en sus radicales círculos íntimos. Son gente que exige, exige y exige pero cuando llega el momento de asumir sus responsabilidades desaparecen. Se esfuman. Pero, eso sí, ellos siguen creyendo, en la sombra, que tienen la razón de su parte. Y no digo con esto que sea yo quien la tenga pero… por qué no damos una oportunidad a la palabra. Nos iría mejor a todos. Esta es la vieja historia de los derechos y los deberes. Todo derecho tiene acarreado un deber, pero hay gente que cree firmemente que tiene derecho a no tener deberes.
Este ha sido el último aliento que le quedaba al globo antes de deshincharse completamente. Gracias, palabras.
“Palabras más o menos ayer me decías / Palabras más o menos que no me quieres / Palabras más o menos me estás tocando los huevos…”
Salud y hasta pronto
Torremolinos, 3 de febrero de 2011





